jueves, 1 de abril de 2010

La historia de una muñeca de trapo



Capitulo I

Mi llegada a Haití

Cuando le conocí era un niño gris… me conquistaron su sonrisa apagada y sus enormes ojos inocentes y solitarios. Sus manos se aferraban a una pequeña muñeca de trapo como lo haría un naufrago a una tabla de madera. Veía sin intención de mirar nada, aunque comprendo porqué… Conocía la miseria, una miseria que calaba el alma.

Fuera todos los sentidos informaban del dolor, del hambre, de la desolación; Se veía un horizonte de seres vagando de un lado a otro, desorientados, con la esperanza de encontrar algo que les permitiese sobrevivir un día más. Estaban extremadamente delgados, caminaban descalzos sin un destino, rodeados de moscas y ruinas. El olor era nauseabundo, los cadáveres permanecían amontonados en las esquinas para ser recogidos por camiones… Se oían gritos de dolor, de desesperación, llantos alimentados por la impotencia. Noté el aire con sabor amargo. Se podían palpar los sueños rotos, el miedo, la angustia, la tortura de comprender que se ha perdido incluso la esperanza…

Cogí aliento hasta llegar al edificio en el que me encontraría con Gábriel. Era un edificio enorme pero muy descuidado. Me recibió una mujer de mediana edad de aspecto cansado pero de mirada cálida. Fui recorriendo los fríos pasillos de aquél lugar. Imagino que la sensación de soledad crece cuando nos encontramos en sitios que huelen a descuido, donde no se respira el calor de los detalles, fotografías, cuadros, adornos. Los pasillos tenían enormes muros de un blanco amarillento. Del techo colgaban pequeñas bombillas desnudas y asomaban manchas oscuras y húmedas entre el blanco desconchado. Las grietas taladraban la aparente fortaleza del lugar. Yo seguía los pasos de aquella mujer que caminaba con paso ligero. Fue comentándome que los niños se encontraban en un descanso.
Al fin escuché ese enjambre de sonidos distintos, con sus llantos envueltos en risas, caídas, golpes, saltos, gruñidos, chillidos, canciones… Allí estaba, en aquél rincón, con su pequeña muñeca de trapo.

-“Su papá, su mamá y su hermanita pequeña murieron bajo los escombros. Él sólo pudo salvar esa pequeña muñeca. Pertenecía a su hermana, no se ha separado de ella en todo este tiempo. Lo encontraron por las calles enfermo y deshidratado hasta que ya sin fuerzas se quedó rezagado en un callejón, entonces nos avisaron y le recogimos”- me dijo ella.

Me acerqué y le pregunté su nombre. Él dio dos pasos hacia atrás y bajó la mirada. Parecía querer encogerse, hacerse invisible. Permaneció inmóvil. En ese momento recordé que guardaba en el bolsillo una chocolatina que me habían dado durante el vuelo y le extendí mi mano para que la cogiese. Con sus ojos intentó descifrar qué era esa especie de envoltorio brillante y alargado. Es infinita la curiosidad que puede esconder un niño de seis años. Subió sus enormes ojos negros buscando los míos para preguntarme en silencio. Mi rostro se iluminó con una enorme sonrisa, no sé porqué motivo, pero en ese momento comprendí que ese niño, al que se suponía que yo iba a ayudar, iluminaría de sonrisas toda mi vida.

Como todo el mundo, yo también había caído en la tentación de querer saber dónde se oculta la felicidad. Me rompía la cabeza buscando fórmulas mágicas para alcanzarla, para sentirme lleno de vida, satisfecho con todo, disfrutando de cada pequeño momento. En ese instante de complicidad comprendí que no era tan difícil, que sólo había que zambullirse en el abrazo de una sonrisa, en el calor de una mano tendida…

Gábriel me hizo entender que los mejores momentos no son el resultado de alcanzar grandes metas. Me enseñó que lo que nos enriquece de un viaje no es llegar al lugar elegido. Lo que nos hace sentir es ese recorrido con los amigos, en el que vivimos pequeñas aventuras, en el que compartimos miedos, anécdotas, complicidades, sueños, planes, ilusiones… riesgos.

Mi madre siempre me ha dicho que la felicidad se oculta en una suma de pequeñas velas encendidas, no muy separadas unas de otras, que nos arropan en el recorrido mostrándonos cada rincón para que no sintamos miedo… y que esas velas se iluminan sólo cuando tejemos ilusiones, complicidades, amistad.

Gábriel, a su manera, lo sabía. Tenía el poder de elevar pequeñas cosas a la categoría de grandes momentos. Era agradecido y de sonrisa sincera. Sólo había conocido los colores negros y grises. Al ofrecerle rojos, verdes, amarillos, blancos, lilas, malvas… revoloteó entre ellos recordándome la fragilidad y la elegancia de una pequeña mariposa.

Me hizo reír tantas veces… Recuerdo sobre todo los momentos en los que le daba de comer. Cuando algo le gustaba lo dejaba un ratito en la boca y entornaba los ojos. Para él era una forma de prolongar su sabor. Parecía que sólo fuese a existir esa cucharada. Me enseñó que en mi mundo las cosas funcionan de otra manera. La mayoría da dentelladas de egoísmo a todo lo que le rodea sin dejar tiempo para degustar nada.

Lo que me rompía el corazón es que nunca dejó marchar a su pequeña muñeca de trapo. Era un abrazo doloroso, diario e invisible a su pasado. Se quedaba dormido abrazado a ese maltrecho muñeco mutilado.